MIENTRAS LA VIDA SE GASTA

Al iniciar estas líneas, quiero ponerme la intención de ser positivo, aunque seguramente tocaré temas que pudieran dar la impresión contraria…

En 1983, a mis 22 años estaba en la sierra de Oaxaca y me pasé una noche entera velando a un muerto que solo vi una vez en vida, ya gravemente enfermo de tuberculosis… Y estuve ahí pensando, escribiendo, orando, viendo como las velas se consumían, unas sin que nadie las viera, otras alumbrando a la gente que siguió moviéndose toda la noche. Y pensé que mi vida y la de cada uno de nosotros podía ser comparada a millones de velas que tienen la función de quemarse y dar luz; pero unas se consumían chorreándose, ladeadas, desperdiciando cera; otras con llama chiquita sin dar luz, con el pabilo en un charco de cera… y esas duraban más aunque muchas se ahogaban; y otras se quedaron apagadas y no supe para qué estaban ahí, tal vez para una emergencia o para el siguiente funeral.

Me pregunto si la situación que algunas naciones están viviendo, esas naciones tan lejanas como China, Italia tienen algo que ver conmigo. Y en medio de las voces discordantes sobre la seriedad del asunto de salud que nos ocupa me doy cuenta que no puedo opinar ni mínimamente sobre cuestiones técnicas, sanitarias pues desconozco este ámbito. Y tal vez no pueda ni deba tener una opinión definitiva sobre nada.

Pero quisiera poderme plantear las preguntas correctas o al menos intentar formularlas, para no desaprovechar la oportunidad que, como humanidad, tenemos.

La primera pregunta, una muy concreta que me pongo es: ¿Cuándo comienza la emergencia en México? Parece ser que el sábado 21 de marzo, cuando ya tendremos a los peques en casa por un mes y posiblemente todas las instituciones educativas cierren… Mientras tanto, “no pasa nada”, o posiblemente lo que está sucediendo en otros países nos debería invitar a ponernos en una actitud diferente frente a lo ordinario. De hecho hasta donde yo sé, ya tres estados declararon que se suspenden clases inmediatamente.

Quienes vivimos la contingencia pasada hace 11 años ya vivimos “sin besos, ni abrazos, con cubrebocas” y el H1N1 se quedó y luego volvimos a abrazarnos y besarnos y los cubrebocas bajaron de precio nuevamente. Hoy se nos invita a cambiar ritmo, a entender qué situaciones ordinarias deben desaparecer. Pero la verdadera invitación puede ser también la de vivir de manera extraordinaria.

Y en mi manera de ser me es inevitable ampliar la reflexión a otros asuntos para la segunda pregunta: regresando con el asunto de las velas, me pregunto sobre mi humanidad, sobre mi fragilidad y si puedo pretender que esos muertos lejanos, esos que aparentemente no tienen nada que ver conmigo me digan algo; tan lejanos y tan cercanos porque uno de mis amigos en Italia es un enfermero y está trabajando 12 horas diarias, 7 días a la semana, a veces sin mascarilla porque ya no hay…

Acostumbrados a ser dueños del mundo a subirnos a un auto y recorrer distancias que hasta hace apenas un siglo eran impensables para un ciudadano común. Y hoy no te permiten salir, ni a pié ni a la esquina porque además los negocios están cerrados.

Y llega la tercera: ¿Qué más me puede enseñar la vida en estos momentos? Uno de mis maestros en la Universidad Pontificia Salesiana en Roma (J. Gevaert) pone “las situaciones límite” como un espacio privilegiado de reflexión sobre la vida, sobre el sentido de la vida, sobre el amor. Es decir la frustración, la desilusión, la desgracia, la muerte nos pueden abrir a nuestra experiencia y a la experiencia del otro; nos pueden llevar a entender “el misterio del hombre”. En ese mismo capítulo ese salesiano nos decía que también la contemplación de un amanecer, ver las maravillas de la naturaleza, la vida “con-sentido” de otras personas nos pueden llevar al estupor y la admiración. Tal vez hoy no nos maravilla ver las obras de arte que nos regala El Artista cada mañana o cada tarde con las montañas y las nubes en el horizonte… y como no aprendemos esas lecciones ordinarias, pues tal vez sacudidas más radicales nos pueden mover el tapete con más fuerza. Como cuando fallece inesperadamente alguien joven “que no debía morirse” y nos ponemos esas preguntas.

Creo que me está enseñando que la distancia más corta entre dos personas no es un celular, ni siquiera un beso, sino la preocupación por quien está cerca de mí. Y la cuarta pregunta es muy práctica: ¿Qué vamos a hacer con los niños? Muchos resolvieron el problema de “la bendición” simplemente no teniéndolos, o teniéndolos en una guardería… ¿Y ahora? ¿Será tiempo de estar juntos y aprender desde lo básico? Y sinceramente espero que no sea el Netflix, la tableta o quien sabe qué invento que resuelvan este “problema”.

Ser responsable de mí, se identifica con ser responsable por el otro de una manera diferente, aunque no sea evidente para muchos. Si el día de ayer, domingo de puente, no fuimos a una fiesta de cumpleaños y estoy sentado frente a un teclado escribiendo, es porque no quería exponerme y no quería exponer a otros también. Porque en este momento todos podemos y de hecho somos víctimas y verdugos. Y el responsable no es un bichito de 400 nosequémetros sino mi presencia en donde tengo que estar, y mi ausencia de donde no debo ir; soy víctima y verdugo con las palabras que comparto y también con las que callo, con las decisiones que tomo y con las que dejo de tomar (que de todas maneras son opciones).

De aquí surge la quinta pregunta sobre el origen y los efectos de ese minúsculo ser que nos tiene en jaque: No tengo la menor idea de dónde salió este bicho, pero sí sé donde se mete: se mete en el cuerpo de las personas y aparentemente ataca gravemente a muy pocos de manera física, pero se mete también en la mente de todos y provoca muy diferentes sentimientos y reacciones: a quién le da miedo y piensa que por el simple hecho de aislarse estará a salvo cuando a lo mejor ya lo tiene dentro… pero no es una solución para todos, ni para toda la vida (y por mucho papel de baño que tengas no te va a yudar); hay quien prefiere no pensar, total “qué me gano con preocuparme y si me toca, me toca”… finalmente eso está muy lejos; y a un enfermero, a un médico le recuerda su deber de asistir a quien lo necesita y a todos de la necesidad ser solidarios en todo momento, pero de manera particular en situaciones en las que experimentamos la precariedad y fragilidad de nuestra existencia.

Si el virus llega al corazón de las personas (porque también ahí se mete), que sea para ayudarnos a entrar en nosotros mismos, en nuestra humanidad, en nuestro ser “personas individuales” y “miembros de una comunidad humana” que va mucho más allá de los 4 muros de nuestra casa.

Y ya para ir concluyendo la antepenúltima pregunta: ¿Qué puedo aprender? No tengo la menor idea si alguien malvado está haciendo un experimento con la humanidad, si van a cambiar el orden económico mundial por medio de una crisis… pero como alumno quiero aprender mi propia lección; y si cada uno de nosotros, de estas realidades que estamos viviendo podemos sacar enseñanzas positivas, posiblemente una de ellas sea la de regresar a nosotros mismos, a lo básico de la vida y paradójicamente, superar condicionamientos sociales que limitan nuestros procesos de humanización plena..

Como dije, este último domingo, en vez de recorrer 400 kilómetros subí 19 escalones y en el segundo piso de casa me puse a pensar y a tratar de entender un poco más… Y no llego a conclusiones.

Me hace pensar que los muertos son ciertos y que son muy pocos en relación con otras enfermedades, pocos en relación con los que la violencia ejecuta o con los que la injusticia cobra; que hay realidades más dramáticas que no se consideran situaciones “de emergencia”. Si mi inmovilidad pudo haber ayudado o no, eso nunca lo sabré porque los expertos dicen que esto es como la influenza, como el H1N1 llegan para quedarse y lo que se trata de minimizar es el impacto inicial y ayudar a lo sistemas de salud a no colapsarse, lo que significaría una tragedia mucho mayor.

Me invita a pensar que, como todos los seres humanos, no soy omnipotente y que mis planes pueden cambiar y que con sentimientos encontrados cambio de decisiones y no sé si lo que pudo haber pasado hubiera sido peor o mejor.

Me hace pensar que toda la humanidad está en la misma barca y que el puerto al que llegaremos es el mismo. Y que tarde o temprano nuestra existencia en este mundo terminará y les aseguro que no tengo prisa de que esto pase.

Regresando a las velas con las que inicié este escrito, me surge la pregunta qué hacer mientras la vida se gasta (es la penúltima pregunta), y no hablo de la cuarentena… pues para eso las cadenas televisivas ya tendrán ocupada a la gente. En este sentido, en cuanto a veces parece que no somos capaces de sacudirnos los condicionamientos que nos impiden ser auténticos me pregunto si hay esperanza. Me refiero a esa actitud básica para seguir viviendo, mucho más que vegetando. De hecho quiero concluir estas líneas con una palabra de esperanza. Estadísticamente, la mayor parte de la humanidad tiene muchas más posibilidades de salir vivo/a de esta situación y morir de otra cosa -lo cual no significa que tenemos que bajar la guardia sino todo contrario-, pero quisiera poder aprender que no es la sobrevivencia física, el número de días, años o meses que siga respirando lo que define la autenticidad de mi vida, sino el cómo la vivo, no atrincherado y con el temor de que alguien estornude frente a mí, sino con una mano solidaria, con el deseo de que los bienes que la naturaleza nos proporciona estén al alcance de todos, que todos y todas podamos participar de la inmensa herencia espiritual que las generaciones anteriores han consolidado y que nos dejan como “préstamo” a las nuevas generaciones. Permítanme formular mejor esta penúltima pregunta: ¿Hay esperanza de que toda la humanidad viva plenamente su vida, humanamente realizada de invertir nuestras energías en lo bonito, en lo positivo, en lo que nos plenifica a todos? Creo que sí y me pregunto cómo hacerle y qué me toca…

Si alguien tiene luces claras, por favor compártalas… yo me sigo considerando un buscador, una vela que, encendida, quiere seguir descubriendo y viviendo una misión, nueva todos los días y tan vieja como la humanidad misma. Seguiré trabajando, poniendo mi esfuerzo para construir un mundo mejor para todos, pensando especialmente en nuestra pequeña niña y en las nuevas generaciones que tomarán la estafeta.

El mundo es bello y podemos hacer de él un mundo todavía mejor. Como escribí hace unos días, no quiero que el miedo me domine o la incertidumbre sea la nota dominante en mi vida. Quiero ser solidario y buscar los mejores caminos para vivir mi humanidad en plenitud, con quienes están cerca de mí, pero también con quien está aparentemente lejos.

Y sí, efectivamente la última pregunta queda abierta para que todos sigamos buscando la mejor manera de vivir nuestra tarea en ese breve paréntesis que llamamos vida… ¿Qué preguntas me pueden ayudar a seguir siendo creativo y buscador?

Gerardo Antonio Díaz Jiménez. Copyright 2020. Puede reproducirse sin fines de lucro.


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