Diálogos con preparatorianas, pacientes y otras experiencias…
Hace poco tuve la oportunidad de dialogar con cuatro muchachas, estudiantes de preparatoria.
Estábamos compartiendo sobre uno de los capítulos del libro que escribí (Peldaños para una vida Con-Sentido) que se titula «El tamaño sí importa» sobre las metas en la vida.
Una de ellas dijo con un dejo de inquietud: «Yo no tengo metas, no sé qué voy a hacer».
Me quedé pensando y le pregunté de manera indirecta si en estos momentos estaba tratando de lograr algo.
Su respuesta: «Terminar la Prepa».
Me vino espontáneo preguntar:
-«¿Para…? -Para ir a la universidad y estudiar una licenciatura.
-¿Para…? -Para terminar una carrera…
-¿Para…? -Para tener un título…
-¿Para…?
-«No sé…» Fue su última respuesta. Y añadió: «No sé qué más sigue». No veo más allá…”
Muchas veces en mi manera de ubicarme frente a la vida mi mente y mi corazón han estado en movimiento en torno a los temas de este encuentro aparentemente trivial.
-¿Será importante tener metas en la vida o simplemente vivir cada día como llega? ¿La vida misma tiene un sentido común para todos o cada quien lo define?
-Es evidente que nuestra vida terrena tiene un final… ¿cómo definir la finalidad de la vida? ¿Alguien me la puede decir sin temor a equivocarse sobre todo pensando en las implicaciones concretas que la respuesta conlleva?
Me parece claro que hacemos muchas cosas sin una utilidad evidente inmediata, y el riesgo de un utilitarismo siempre está al acecho si pensamos que todo tiene que rendir frutos tangibles, medibles… Sería demasiado angustiante estar toda la vida razonando… pero parece igual de angustiante y deprimente eliminar completamente el razonamiento.
Y me vino a la mente un encuentro en terapia personal que tuve hace poco en el que la joven de 20 años está por iniciar la universidad y el proceso que estamos llevando es el de imaginar «retos» personales para 1, 3, 5 años… Tuve la impresión que al llegar a ese punto de los “retos” a mediano o largo plazo hablábamos lenguajes diferentes. Me pregunté si era por la brecha generacional o porque hoy la sociedad nos quiere sin metas.
Me puse a revisar experiencias con pacientes, sesiones de clase con algunos de los más de 10,000 estudiantes con quienes compartí el aprendizaje como docente y noté que…
-Hay quien vive como el hamster, dando vueltas, moviéndose pero sin avanzar…; -Otros pueden o podemos tener metas de corto o mediano alcance, como la chava preparatoriana y sus compañeras…; -O estamos siguiendo un patrón pre-establecido de «nacer, crecer, casarse, tener coche, casa, viajar, reproducirse o tener un perrhijo o gathijo… y morir cuando me toque…”; -O «darle vuelo a la hilacha» mientras se puede que al cabo el cuerpo aguanta, hasta que aguanta…; -Otra opción es resignarse a vivir en este «valle de lágrimas» y esperar la recompensa prometida en otra vida en la que creemos…;
-Algunos más pueden pensar que «ya acabaron» y no tienen más metas que perseguir. Esto puede pasar a los 90 años, o en el momento de pensionarse, pero no se necesita llegar a esa edad para pensar así. En la primera sesión de una clase en la universidad en la que hablaríamos de valores durante el semestre, al presentar el programa un joven universitario de unos 20 años de edad levantó la mano y afirmó: «Sus clases son inútiles para mí, yo ya tengo definidos mis valores y tengo todo claro en la vida»…; ¡Buena suerte! -pensé pero no dije nada.
-¿Será mejor ponerse metas de corto cabotaje o unas de navegación en alta mar aunque pareciera imposible alcanzarlas? ¿Es una buena opción lanzarse cómo Colón y otros navegantes sin nada más (y nada menos) que un barco, una brújula, compañeros de viaje, provisiones para corto tiempo y el mar por delante esperando que podamos encontrar tierra firme del otro lado..? ¿Y si me desanimo a medio camino? ¿Y si no existe ese otro continente o mi teoría de que la tierra es redonda resulta falsa? ¿Si no hay nada del otro lado más que un abismo?
Y me detengo aquí con estos supuestos panoramas pues me estoy dando cuenta que las posibilidades son infinitas, al menos tantas como nosotros, como nuestras mentes.
En esta encrucijada me vienen a la mente algunos ejercicios que propongo como terapeuta con subsidios adecuados y que ayudan a pensar y ubicarse. Uno de ellos por ejemplo plantea la pregunta: ¿Soy conductor o pasajero en el viaje de la vida?
Y cuando la persona tiene una creencia en su mapa de vida me gusta proponer la experiencia del Pueblo de Israel cuando se encontró con la esclavitud de Egipto a sus espaldas y la Tierra Prometida frente a ellos. El libro de los números de la Biblia (cap. 13) dice que 12 exploradores estuvieron 40 días en dicha tierra ubicada más allá de las montañas; cuando volvieron de su expedición narraron que esa tierra «manaba leche y miel». Regresaron con un racimo de uvas tan grande que lo sostenían con dos palos que llevaban dos hombres en sus hombros… «Pero…» -dijeron-, «es una tierra habitada por gigantes. Nosotros les parecíamos langostas y así nos sentíamos ante ellos”. Y el pueblo empezó a murmurar y pensaron en elegir a un líder que los llevara de regreso a Egipto, «Mejor ser esclavos en Egipto que morir en manos de estos gigantes». El castigo que se narra fue el de mandar al pueblo de regreso al desierto: «Por cada día que les llevó a los exploradores visitar la tierra, caminarán un año en el desierto y ninguno de ustedes entrará a tomar posesión de esta Tierra». Y efectivamente el pueblo inició el verdadero éxodo de 40 años y ninguno de los adultos que habían salido de Egipto entró en la Tierra Prometida.
Yo mismo puedo estar en cualquiera de estos supuestos…
Me parece evidente que nuestro mundo nos mueve muy rápido. No tenemos tiempo para distinguir lo urgente de lo importante, para pensar, planear, y tampoco para disfrutar las riquezas de la vida.
Si retomamos el título de estas líneas creo que nos puede perjudicar el querer encontrar una razón para todo o el vivir simplonamente con lo que llega en cada momento. Llevadas al extremo, ambas nos pueden llevar a la angustia o a la depresión.
Vivo… ¿Para…? Sin duda que una tarea importante es ser felices, y es preciso definir qué es la felicidad…
Y para eso necesitamos «parar». El tiempo qué dedicamos a pensar, a planear y a replantearnos la vida no es opcional, es esencial, aunque la carrera por la chuleta nos pareciera comer…
Permítanme concluir con lo poco que sé de D. Antonio (pongan el nombre que quieran), una persona que vivió 101 años. Su vida no fue precisamente la de alguien abstemio, que sacrificaba los placeres de la vida. Alguno ve la opción de una vida austera y sacrificada como garantía de longevidad. Él vivió intensamente. Nunca me encontré personalmente con él para hacerle la pregunta que le hice a la joven estudiante: “¿Para…?”Tal vez me hubiera mandado al carajo… Como nota simpática, cuando sus hijos e hijas le organizaron su fiesta de 100 años en primer lugar expresó su molestia porque no veía a muchos de sus amigos ahí… “¿Qué no los invitaron?” y como se cansó en la pachanga les dijo que para sus 101 años no quería fiesta, que se iba a esperar a los 102. No llegó a ellos. Un día, aún con buena salud empezó a sentir que era momento de reunirse con su esposa que se había adelantado unos 15 años antes. En dos semanas ya estaba en la funeraria a donde uno de sus hijos le llevó una hora de mariachi para que “nos dieran la una, las dos y las tres…” y luego una hora más que otro pagó.
No sé para él, pero para mi, quisiera que cuando termine mi peregrinación por este mundo en mi lápida se escribiera: “Murió de haber vivido”.
¿Será que me desvié del tema? Tal vez estamos aquí para vivir, y vivir abundantemente aquí y con un propósito superior.
Solo quiero añadir una palabra de agradecimiento a quienes me han permitido y me siguen permitiendo acompañar su caminar en la vida. Gracias de manera particular a mis amigos, parientes y personas cercanas que hacen que mi vida tenga sentido. A mi familia por la que vivo y trabajo y a mí mismo por permitirme estas divagaciones. “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia” dijo el Carpintero de Nazareth y vivir en esa sintonía puede sin duda tener sentido… Sólo detente un momento, ¡Para! Para descubrir el sentido de tu vida.
¡Vale la pena vivir para…. ! (complete la frase por favor…)