ENTRE MEDALLAS TE VEAS…

Primero una palabra de felicitación a dos personas muy especiales:

A mi hermano el MVZ Tomás Gabriel Díaz, quien acaba de obtener el tercer lugar de ciclismo en su categoría (que debe ser 60+ o algo así) y a nuestra hija Genesis que la semana pasada obtuvo el quinto lugar en el concurso de zona de deletreo en español, como representante de 6o. Grado de su escuela, Bachelard.

Mi comentario en el chat de la familia en relación con mi hermano fue: «¡Super! Seguramente un número que vale mucho y que posiblemente vale menos que la satisfacción… ¡Un abrazo grande y saludos al equipo!».

Y a nuestra hija que estaba confundida con el resultado: «¡Eres grande mi niña!, ¡Felicidades! ¿Pusiste tu máximo esfuerzo? ¡Eso es todo!»

Lo que sigue en estas líneas en ningún momento pretende descalificar los méritos de ambos, muy diferentes entre sí, sino compartir algo de lo que pienso en relación con competencias, premios, récords, medallas y lo que sigue.

Vamos de uno por uno iniciando con mi hermano.

Confieso que la información que tenía hace unos días era que este ilustre Médico Veterinario (¿Han escuchado hablar de Robin Haus?), ciclista internacional, no-profesional, «Iba a Los Cabos a una rodada». Imaginé que iba a disfrutar con su grupo, «Los Cascos Verdes», los paisajes de BCS iniciando en Los Cabos hacia algún destino maravilloso de los que hay por allá, saliendo de Cabo San Lucas, dónde vive mi hermana Martha Margarita hasta algo más cercano que Guerrero Negro o Tijuana… Unos cuantos cientos de kilómetros entre carretera, brechas, playas, cactus y unas deliciosas gorditas, un pescado o un coctel por ahí a media tarde, algo así como lo que hacen los fines de semana cuando van a la Sierra de Santa Rosa, Michoacán o a Jalpa de Cánovas pedaleando horas enteras…

Lo siguiente que vi en el chat de la familia fue un vídeo de cientos de ciclistas frente al «Hotel California» en Todos Santos arrancando al son de la homónima canción…

Y seguimos en una App lo que me enteré era una «competencia», los sobrinos nos iban actualizando…

El primer día eran 64 km en la Sierra recorridos en más de 6 horas. El puntero hizo el recorrido en apenas 4 horas. Además de los retos del camino tuvieron aventuras pues un ranchero, con quién los organizadores habían hecho acuerdos, los recibió con la puerta cerrada y escopetazos al aire. Hora y media de emoción, luego lograron pasar y llegar a la meta.

Y había un segundo día, también de varias horas de rodada… Felicitaciones, palabras de ánimo al tío, al hermano, al cuñado que estaba recorriendo caminos desafiantes…

Y hubo un tercer día… y la siguiente fotografía fue la del doctor sosteniendo la medalla del Tercer Lugar.

Y me pregunté si él había ido allá a buscar esa presea…

En enero del 2025 había ido, también con varios compañeros de su equipo a Chile a una competencia internacional en Los Andes y era claro que iba «para terminarla», no por una medalla. Un itinerario muy desafiante de muchos días que requirió meses de preparación y gastos significativos, entre otras cosas…

En esta última ocasión me dio mucho gusto y emoción ver a mi hermano sosteniendo ese significativo reconocimiento bronceado y me pregunté qué había sido lo importante, si «estar ahí después de haberlo dado todo» o el premio en sí mismo.

Pero hay más…

Vamos con nuestra hija. Ella vio que algunos de sus compañeros en la misma ocasión ganaron el primer lugar o lugares más cercanos al primero en otros concursos (Rap, Cuentacuentos…) y se sentía mal. Ella misma en una ocasión había «ganado el primer lugar hace unos años» en la zona y había pasado al concurso regional donde quedó en tercer lugar… Sin duda es una buena deletreadora en español y en inglés. Y hace un año se equivocó en la primera palabra y quedó eliminada a los 2 minutos de haber iniciado. Experiencias muy diferentes, pero todas enriquecedoras.

Este martes pasado me costó un par de visitas a su habitación para casi sacarla de entre las cobijas, y que me creyera que verdaderamente estaba orgulloso de ella. Más allá de resultados, había pasado varias rondas deletreando palabras muy largas o desafiantes (ejemplos de entre las 200 que estudió: guardarrayas, interculturalidad, coagulación…) y se había ganado su lugar para i al concurso al ser la mejor en el grupo de su escuela.

Le improvisé una de sus comidas favoritas, una deliciosa «Pasta alla Carbonara» que disfrutamos a la hora de la comida, y se soltó para platicarme su experiencia. Sentía que iba a ser criticada por sus compañeros/as cuando se vieran en la escuela al día siguiente…

La tarde ya transcurrió más tranquila y todavía nos alcanzó para una merienda de pasta…

Y aquí es donde entran mi mente y mi corazón en acción… ¿Qué puedo aprender de estas experiencias? ¿Qué me dicen estos hechos?

Seguramente que las competencias tienen muchas caras:

-Es inaceptable competir para eliminar -literalmente- al otro. Se llama guerra, es violenta, tiene como criterio la fuerza, el poderío militar, económico… es infrahumana;

-Es bello competir contra uno mismo, probar las propias fuerzas; el recorrer 300 metros para alguien de tierna edad y con una discapacidad puede ser que no lo lleve al podio, pero sí al orgullo de haber dado su máximo esfuerzo. Pregúntenle a Juanito, mi sobrino-nieto, a su mamá, a sus hermanitos y a sus orgullosos abuelos y tíos…;

-Criticar o valorar al otro por sus logros en comparación con otros es mezquino. Puede ser que tu rival tenga algo que tú no tienes. Michael Phelps tiene una anatomía con brazos largos y piernas cortas que le dio ventajas sobre sus competidores en la natación. Genesis es buena en deletreo en dos idiomas porque, como pocas niñas en México, ha crecido en un ambiente bilingüe… Pero no le alcanzó para el primer lugar en español. ¿Era importante el lugar o la experiencia misma?

-Obsesionarse por la medalla o el reconocimiento puede ser dañino, creo que de hecho lo es y produce frustración. Imagino los cientos de millones de mexicanos que en los casi 103 años de historia han estado esperando que «la selección de fútbol» llegue… ¿Al título de primer lugar? Ese es un privilegio para 8 selecciones… ya se ve como una meta el llamado «quinto partido»… No me ha tocado atender en terapia a pacientes con este trauma particular, pero sí con el trauma de ver que los sueños ajenos no se logran o que son sometidos a exigencias singulares, a veces desproporcionadas o de cualquier manera «externas». Entre paréntesis, México y todos los países tienen mi permiso de jugar, empatar, ganar o perder en ese deporte que más tiene de negocio que de otra cosa…

Sí he escuchado historias de gente que se frustra porque no ha logrado lo que otros quieren que logre (metas ajenas) o porque alguien (papá/mamá, maestro o lo que sea) le echa en cara «que no es como fulanito que sí sabe, sí puede…»;

-Es muy sano competir contra uno mismo, superarse, mejorar tu marca, tu tiempo, tu resistencia. Y si en ello alguien te lo reconoce, con una palmada en la espalda, con un helado como premio o con una medalla, pues «qué padre». Que lo confirme mi hermano, pero por ahí me escribió a nivel personal que eso de la medalla más o menos fue así: «…la verdad es que no íbamos a competir, sin embargo desde el 1er día se empezaron a dar las cosas. (Estamos) Todos bien y satisfechos». Todo vale pero, ¿Qué será más significativo, haberlo dado todo y tener una medalla (¿inesperada?) o frustrarse por quedar en el quinto lugar o fuera del podio?

-En este sentido, amo las olimpiadas, cuando son competencias leales. Ver a Usain Bolt volar en los 100 metros planos es un espectáculo que aún en la repetición vale la pena… Escribí algo sobre esto en el 2008… «Compito contra ti con lo que tengo y mi meta es dar lo máximo… Soy africano y mi anatomía me da más resistencia que la tuya… Inicié a los 2 años a hacer gimnasia y adquirí habilidades que tú no tienes…». Y en el camino el oro es para mí y la plata, el bronce para otros dos, y el «gracias por participar» es para el resto. Sin frustraciones innecesarias, con la satisfacción de haber ido a las olimpiadas. Supongo que existe algo así como «el trauma del segundo lugar». Pero mientras que entre el primer y el segundo mejores tiempos en los 100 metros planos hay 11 centésimas de segundo (9:58 – 9:69) de ahí para atrás, a un ser humano promedio le va a llevar unos 14-15 segundos, o más recorrer esa distancia dando su máximo esfuerzo. Muy lejos de una medalla. Pero vi a Fernando en su silla de ruedas recorrer casi 30 kilómetros, llegar en último lugar y ser aplaudido. ¡Que el atleta haga lo que puede, yo haré lo mío! Y ambos felices…

-La competencia nos puede llevar a la solidaridad. Organicé varias veces en la universidad competencias por equipos en las que la meta era «llegar juntos», ”llegar todos». Alguno de los participantes tenía los ojos vendados, otro los pies «maniados» solos o en parejas y así a casi todos se les ponía alguna limitación… «Era más fácil que el que no tenía handicaps corriera y llegara antes que los demás, pero eso no se valía…» lo importante era apoyarse, que todos saborearan el gusto de ayudar al último, al desprotegido, caminar y llegar juntos; entre paréntesis, pero no es secundario, si mi hermano puede permitirse estás excursiones es porque su esposa Gabriela Saucedo, también Médico Veterinaria se queda «con toda la friega de la chamba»… Y luego le dan hombro con hombro. Solidaridad familiar, quiero pensar;

-¿Y los negocios? Vivimos en un mundo en el que el capitalismo nos hace competir para eliminar y pocas veces se ha intentado seriamente, vivir compartiendo, incluso el considerar esto como una meta es más bien raro. Las familias pueden (podrían) ser un buen entrenamiento para ello, pero a veces ni siquiera entre hermanos lo vemos;

-En otras ocasiones la lástima o una falsa caridad nos calman la conciencia. «Amaso riquezas haciendo harina a los demás», luego les regalo un bolillo para que no se mueran de hambre y puedan seguir dándome dividendos;

-Y mucho más que decir…

¿Me salí del tema?

Tal vez. Tal vez no.

Quiero concluir como empecé, hablando de méritos y felicitando a nuestra niña por su gran esfuerzo reflejado pobremente en un diploma y a mi hermano por su (¿inesperada?) medalla, ambos símbolos de esfuerzos y logros más pequeños. Valga la nota que hace unos meses participó en una carrera de León a Jalpa de Cánovas y de allá se regresó inmediatamente… Luego le dijeron que porqué no se había esperado a la premiación, si había quedado en el podio…

Cómo el 10 inesperado en todas las materias de Genesis el día de ayer… Mi reacción: ”¡Felicidades! ¿Diste tu máximo?. Eso es todo mi niña”. Una calificación puede o no reflejar un esfuerzo. Pero también celebramos este logro.

Y seguramente no contará con mi permiso si la condición para participar en un concurso sea que «gane» el primer lugar a toda costa.

Siempre le prepararé su pasta favorita aunque en las muchas competencias de la vida resulte que «no fuiste aceptada a este trabajo», «no obtuviste beca…» porque estoy seguro que para mí hermano, para Genesis, para mí y para todos, será más satisfactoria una vida en la que «demos todo» y caminemos juntos para llegar también juntos a la meta.

¿Y los demás? Cómo dice el dicho, «que digan misa «.

¡Arreeee!

¡A darle a la vida niños, jóvenes y no tanto!

Que hay muchos retos por enfrentar en la vida… y frente a ellos, las medallas y diplomas son lo de menos. Es bello caminar en la vida con la satisfacción de haber seguido tenazmente el proceso, el entrenamiento y el simple hecho de estar vivos y presentes. Al final, las medallas se oxidan y los trofeos acumulan polvo, pero la paz de saber que diste tu máximo esfuerzo —ya sea pedaleando bajo el sol de Baja California o deletreando palabras complejas frente a un jurado— es un premio que nadie nos puede quitar.

Y más ¡Arreeee!

Gerardo Antonio Díaz Jiménez. Puede reproducirse citando la referencia de autor y sitio web. Copyright 2026.


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