Hay placeres que el mundo celebra, pero existe uno —vital e ignorado— que solo valoramos cuando la salud nos pone a prueba. Hoy les comparto una oda a la humildad y al alivio que todos, sin excepción, hemos agradecido alguna vez. ¿Te atreves a descubrir cuál es?
Veamos:
-Da gusto saborear un manjar o disfrutar una carnita asada una tarde de domingo;
-Es delicioso dejar rodar por la garganta un buen vino, una cerveza negra o clara -como te guste- y hasta un agua fresca de limón con chía da mucho placer;
-Se siente muy bien disfrutar la intimidad una noche de un día cualquiera o en un amanecer de domingo en la playa;
-O sentir ese abrazo amigo que aunque dure pocos segundos, te aprieta suavemente el alma en momentos de dolor, o para acompañar el jarabe del reencuentro del amigo, y darle sabor a la amistad;
-Que rico se siente descansar un sábado en la tarde en una siesta de «Pijama, Padre Nuestro y Orinal» como dicen en España, y dejar que el sueño te cobije sin pendientes;
-Te sientes feliz de disfrutar lo que tienes, pisar un acelerador y viajar por el mundo; recorrer un campo entre cultivos, estirar la mano y comer de un árbol que tú mismo plantaste; verte guapo y sano en tu ropa favorita;
-O lo ancho que te sientes al subir unos cuantos escalones para acompañar a un retoño a recoger un reconocimiento que llevó muchos años obtenerlo -toda una vida para él o ella, aunque breve esta sea-…
Todos ellos placeres permitidos o prohibidos, que pueden ser convertidos en virtudes o definidos como males capitales que te hacen tocar el cielo o te podrían llevar al infierno si en mal momento te agarran.
Pero hay un placer reservado a pocos, un gusto al alcance de todos, pero apreciado solo por un selecto grupo.
Que me perdonen las mujeres si parezco machista, pero este placer así como lo platicamos es más común en los varones maduros que en las damas.
Sí señores y señoras, jóvenes y señoritas, estamos hablando «del incomparable placer de mear». Lo digo así, «al derechazo» después de haberlo vivido de manera inesperada.
Muchos, -probablemente todos y aquí no hay distinciones-, hombres y mujeres hemos llegado a sentirnos aliviados después de estar en el tráfico o cuando voluntariamente hemos dejado correr una película o una buena plática y finalmente encontramos un lugar, adecuado o no, para experimentar ese alivio de orinar, cuando ya sentías ese dolor en la parte media de tu espalda que afortunadamente desaparece en unos segundos.
Muy mal esperar, pero ¡Qué rico descargar!
Si las mujeres buscan un baño limpio, un varón maduro lo primero que busca al llegar, es un baño cualquiera y en el campo, cualquier rincón es bueno.
¡Ah! Hay que decirlo, cuando aprendes en carne propia que mear es sinónimo de sobrevivir, esa es otra historia y esto vale para toda la humanidad.
Hay peligros mortales en la vida: puedes vivir muchos días sin comer, unos pocos sin comida ni bebida; sabemos que te mueres si en minutos no respiras.
Pero pocos saben que en mucho menos de un día, te mueres si no meas.
Hay quien ha salido, corriendo, agachado, en camilla o sentado de un hospital público, dispuesto a pagar fortunas porque sientes que revientas por dentro.
Si hay dolores fuertes, este es uno olvidado, comparable quizás al parto o a esa muela indebidamente enraizada;
sentirte bloqueado, impotente en tu parte más viril o en tu feminidad escondida es igual a ver qué se te desgarra el alma.
Y quieres correr pero no hay para donde; te sientas, te paras, caminas y te detienes; soplas y aspiras; pujas, aprietas y sueltas, y nada parece hacerle encontrar la salida.
Y quien te ve, puede no entender, mucho menos sentir. Y la empatía ayuda, pero poco cuenta para el resultado esperado.
Y envidias en esos momentos a quien de reír o toser se mea, y aquí son más mujeres que varones, tú que retenido estás en un trance que puede ser mortal.
Y cuando estás en una silla, o en una cama, insensible en esas partes y que para mear tienes que contar con tubitos y sondas que aunque sean incómodos, los aceptas porque necesarios son. Temporales para unos, permanentes para otros.
Y cuando ya en edad adulta te toca regresar al pañal o usar toallitas para ese chorrito inoportuno, sientes esa doble sensación: ¡Qué incómodo puede ser! Pero que delicia sentir fluir ese líquido aunque en una reunión importante estés; y te sientes un pequeño niño casi un bebé, que incapaz es de retener y que no puede avisar porque olvidado tiene lo que ya un hábito era.
Inconvenientes estos últimos, pero para un experimentado en situaciones de incapacidad o dolor, los considera «males necesarios» para vivir, a veces para sobrevivir. Y claro que desea el retorno a la situación perfecta.
«Hacer del baño», «del uno», «hacer pipí», mear pues (que la micción es palabra elegante), disfrútalo de pie, o siéntate, que fluya con fuerza o en chorritos. Si quieres cuenta si son una, dos o tres, o si estos números no son las veces sino las horas de la madrugada que te ven caminar o correr a buen destino; si eres varón, no te avergüences de sentarte si eso ayuda que para las mujeres eso es de todos los dias.
Pocos lo sabrán porque mucho no se comparte, pero ya entre cuates y colegas podrás decir: «Qué rico y saludable se siente orinar», y aunque pudiera parecer vulgar, disfrutemos pues, «el incomparable placer de mear».
Gocemos de este privilegio mientras el cuerpo nos lo permita sin tubos ni avisos inoportunos. Porque entre tantos placeres sofisticados que el dinero puede comprar, pocos son tan democráticos, tan honestos y tan reconfortantes como el alivio de una vejiga agradecida.
¡Salud por eso!
Gerardo Antonio Díaz.