¿Qué pasa cuando la disciplina y la mediocridad se casan? Una divertida fábula que cambiará tu rutina.
Esta es la historia de una familia que inició cuando se casaron la Constancia y el Esfuerzo. Era una familia de abolengo, muy reconocida en todos los ámbitos: en el trabajo, en los negocios y hasta en la guerra.
Tuvieron solo una hija a la que llamaron Disciplina, quien tuvo la fortuna —y la desgracia— de casarse por las tres leyes con Mediocridad. Se conocieron de casualidad y pensaron que podían congeniar, aunque a la larga sus caminos se separaron. Tuvieron muchos hijos y a todos les dieron la misma educación: iban a la misma escuela y comían en la misma mesa. Pero finalmente, como en todas las familias, cada uno tomó su propio rumbo; y así como son diferentes los dedos de la mano, así también pasó con sus hijos e hijas.
Esto es lo que fue sucediendo con ellos:
Los hermanos mayores: La excelencia frente a la desidia
El trabajo que hacía Bien Alapri Mera era más apreciado que el de Elay Seba, aunque de alguna manera los dos funcionaban cuando los ponían a prueba. Sin embargo, invariablemente, Elay Seba tenía que volver a hacer primero sus tareas y luego su trabajo, pues siempre le faltaba algo. Por eso siempre estaba cansado, no tenía vacaciones ni tiempo libre. En cambio, a Bien Alapri Mera le sobraba tiempo hasta para seguir estudiando, ¡y ya iba por su segunda maestría la señorita!
A la larga, Elay Seba también tuvo problemas en su casa: su familia lo dejó porque sentían que él tampoco los tomaba en serio a ellos.
Las dos siguientes: La actitud ante las tareas diarias
Poco a poco se dieron cuenta de que la tarea que entregaba Malagana estaba completa, pero ella siempre se iba de mal humor al colegio y así regresaba; nada le gustaba. Y lo mismo pasó cuando puso su negocio. En cambio, su hermano Félix D’Acerlo se iba y regresaba contento, ya hiciera frío o calor; ni la lluvia ni el viento le molestaban. Así fue desde niño: cuando le pedían un favor lo hacía de buen humor y siempre le encargaban trabajos desafiantes porque la gente sabía que realizaba su labor con una sonrisa en los labios.
Con el paso de los años, ambos se dedicaron a la cocina. Aunque tenían que ir a trabajar todos los días, Malagana empezó a faltar porque desarrolló problemas de vesícula por los corajes que hacía. En cambio, Félix D’Acerlo estaba siempre contento. Si bien los clientes no sabían quién había preparado su platillo, a Félix siempre le decían que su comida parecía estar hecha con amor.
Los inconformes: La queja constante
Guan-Da-Jo y Meba Lemais siempre estuvieron de pleito con sus maestros y, cuando empezaron a trabajar, pasó lo mismo con sus clientes. De empleados de segunda no pasaban y casi siempre se quejaban de ellos, pues sus tareas fueron siempre mediocres y sus trabajos eran grises, no lucían. A la larga cayeron en depresión y decían que nadie los quería.
El inestable: La falta de constancia
Un caso aparte era Kuan-Do Kie-Ro. A veces hacía las cosas bien, con resultados excelentes, y a veces dejaba las cosas a la mitad o ni siquiera las empezaba. Generaba desconfianza y su dinero no le rendía, pues a veces le llegaba trabajo a su negocio y a veces no. Por su inconstancia, nunca pudo ahorrar para su soñado viaje a Corea.
Los metódicos: El estrés contra la ligereza
Agüe Vito y Simonetta trabajaban con base en proyectos. Sus rutinas eran siempre las mismas y sus resultados muy similares, ya que los estándares de calidad eran altos e inflexibles. La diferencia era que a Simonetta nunca le dolía nada y a su hermano Agüe Vito le empezaron a salir ronchas por el estrés.
Pronto a Simonetta le ofrecieron un puesto de gerente en otra compañía con el doble de sueldo porque la consideraban una persona muy positiva. Su hermano se quedó en el mismo lugar, obligado solo por la necesidad de llevar dinero a su familia. Aunque se relajaba los fines de semana, cada lunes era un martirio para él y decía que si iba a trabajar era solo porque la vida lo obligaba.
Las conclusiones de los abuelos
Con el paso de los años, Constancia y Esfuerzo sacaron algunas conclusiones al ver que su familia se parecía mucho a la sociedad:
- La clave es el motivo: Todo el mundo tenía que estudiar y trabajar, pero lo que marcaba la diferencia era la actitud. Unos lo hacían por el interés de una recompensa o para evitar un castigo, y otros por el simple gusto de hacerlo.
- El costo emocional: Todos tenían que dar resultados (a veces mínimos, a veces idénticos con altos estándares de calidad), pero al entregar su trabajo unos estaban felices y otros deprimidos.
- La trampa de la obligación: Se dieron cuenta de que, a fin de cuentas, todos los hijos de Disciplina funcionaban (unos obligados, otros con buen ánimo). Todos obtenían dinero, pero a unos les rendía más y, definitivamente, unos eran más felices que otros. Lo que marcaba la diferencia no estaba afuera: varios de ellos tenían que llegar temprano por obligación, pero mientras unos corrían entusiasmados, otros sentían plomo en los pies.
El regalo final
Finalmente, quisieron heredarles en vida uno de los regalos más valiosos que Esfuerzo y Constancia habían recibido de sus propios padres: el autocontrol.
Convocaron a una reunión familiar. Para asegurar el éxito del encuentro, decidieron dejar fuera a Mediocridad, sabiendo que su presencia nublaría el verdadero propósito de la herencia. Pero invitaron a las tías gemelas, Paciencia quien presumía que quien iba con ella todo lo alcanzaba y a la tía Lameta Bonita que era la que marcaba el rumbo, sin ella no sabrían a dónde ir. Siempre iban juntas.
Reunidos con sus hijos, les explicaron una vez más que, aunque fueran diferentes, todos tenían la oportunidad de iniciar nuevamente.
Porque sí, la disciplina funciona siempre: funciona en un cuartel militar y funciona cuidando el horario para ir a ver a la persona amada; funciona con el látigo que obliga y con la motivación cariñosa que anima; funciona con el trabajo hecho a la fuerza y con la obra de arte realizada robándole —por puro gusto— horas al sueño.
El único consuelo que les daba la vida era ver que, con el paso de los años, muchos de sus hijos e hijas recuperaban la alegría de vivir y de disfrutar lo que les tocaba hacer. Aunque no todos lo lograban, ese era el gran signo de madurez que veían en su prole.
A todos les deseaban lo mejor, esperando con paciencia que descubrieran que el secreto no estaba en hacer las cosas —pues había que hacerlas—, sino en cómo las hacían.
Y la historia continúa hoy: la disciplina sigue funcionando, siendo alegría y serenidad para algunos, y un martirio para otros. Texto de Gerardo Antonio Díaz Jiménez. Copyright 2026. Puede reproducirse citando la referencia del autor y la página web

PARA TRABAJAR SOBRE EL TEXTO:
Introducción
Queridos padres de familia y maestros y todo el que tenga deseos de crecer:
Educar en el mundo actual es todo un reto. A menudo nos preocupamos por darles a nuestros hijos las mejores herramientas externas: la mejor escuela, ropa, tecnología o actividades extracurriculares. Sin embargo, el verdadero éxito y la felicidad de nuestros hijos no dependen de lo que tienen afuera, sino de lo que construyen en su interior.
Los invitamos a leer en familia o en sus grupos el siguiente cuento: «Los Parientes de la Disciplina». A través de una historia cercana y divertida, descubriremos juntos cómo la disciplina, combinada con la actitud correcta, puede transformar la obligación en alegría y el esfuerzo en un camino de madurez. ¡Disfruten la lectura!
Preguntas de reflexión
Para pensar y platicar en casa:
Para ayudarte a conectar esta historia con tu vida diaria, te invitamos a reflexionar de manera personal o a conversar con tu pareja e hijos sobre las siguientes preguntas:
- El espejo familiar: Al leer sobre los hijos de la Disciplina (Bien Alapri Mera, Elay Seba, Malagana, Félix D’Acerlo…), ¿con cuál de estos personajes te identificas más en tu rol como papá o mamá? ¿Con cuál sientes que se identifican más tus hijos actualmente?
- El motor de nuestras acciones: Cuando les pedimos a nuestros hijos que colaboren en casa o hagan sus tareas, ¿lo hacen como Félix D’Acerlo (con una sonrisa y por el gusto de ayudar) o como Malagana y Agüe Vito (cumpliendo, pero con pesadez y estrés)? ¿Qué podemos hacer para ayudarles a cambiar el «plomo en los pies» por entusiasmo?
- El peso del ambiente: El cuento menciona que Mediocridad y Disciplina se separaron. En nuestro hogar, ¿qué pequeñas acciones o hábitos diarios le están abriendo la puerta a la Mediocridad? ¿Cómo podemos invitar más a la Constancia y al Esfuerzo a nuestra rutina diaria?
- El gran regalo: Los abuelos heredaron el autocontrol. ¿Cómo podemos fomentar en casa que nuestros hijos hagan las cosas bien por iniciativa propia (autocontrol) y no solo para evitar un castigo o recibir un premio?
- El «Cómo»: La historia concluye que el secreto no está en hacer las cosas, sino en cómo las hacemos. ¿Qué compromiso concreto podemos hacer esta semana en familia para realizar nuestras obligaciones con una mejor actitud? ¿Tienes metas que guían tus acciones y paciencia para perseverar? ¿Disfrutas mientras tanto el proceso? La felicidad no se alcanza sólo en la meta, sino que se disfruta a lo largo del camino.
Texto de Gerardo Antonio Díaz Jiménez. Copyright 2026. Puede reproducirse citando la referencia.
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