SER Y HACER HERMANOS

Nadie elige el lugar donde nace, ni quiénes serán su papá y su mamá. La familia de sangre nos llega al momento de nacer. Y, cuando es el caso, tampoco elegimos a nuestros hermanos y hermanas. Estos vínculos nos llegan en el «paquete» de nuestra propia humanidad.

Lo que sucede después ya depende de otros factores. Es posible que esos lazos familiares se mantengan y consoliden, o bien, que se conviertan en una carga y en ocasiones hasta se nieguen. De hecho, entre hermanos y hermanas puede haber una gran unión o un profundo alejamiento, llegando incluso a situaciones de conflictos serios. Existe, pues, un vínculo de sangre: una fraternidad que llega de manera natural, independientemente de la historia sucesiva de nuestras vidas. Caín y Abel son el modelo del conflicto, mientras que Moisés y su hermano Aarón representan la ayuda mutua para cumplir una misión.

Pero podemos ampliar este círculo, necesariamente estrecho, en varios niveles más:

SOMOS VIAJEROS – CIUDADANOS DEL MUNDO
En primer lugar, todos somos viajeros en este Planeta Tierra que nos hospeda. Desde ahí, estamos unidos por un hilo común que nos hermana hoy y aquí con toda la humanidad, con nuestros contemporáneos. Nos conecta también con las generaciones que nos han precedido y con quienes llegarán después de nosotros. Si no cuidamos este vínculo y pretendemos aislarnos, seguramente desperdiciaremos oportunidades maravillosas de crecimiento armónico entre personas y naciones, y predominará el conflicto, el deseo de poseer y usar al otro. La historia está llena de ejemplos de hombres y mujeres que han dado la vida o sus talentos en nombre de esta fraternidad: Marie Curie o Jonas Salk son filántropos que regalaron su genialidad al mundo al investigar la radiactividad y desarrollar la vacuna contra la polio, renunciando por completo a sus ganancias materiales.

SOMOS PRÓJIMOS – COMUNIDAD DE AMOR
En segundo lugar, para un seguidor de Jesús, más allá de ser ciudadanos del mundo, somos prójimos el uno para el otro. Tenemos, en este sentido, una doble responsabilidad: cuidar de nosotros mismos y, en la misma medida, del otro. De hecho, así resume Jesús todos los mandamientos: “Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22). Es evidente que ambos van ligados. Miente quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo. Para ponerlo en una frase: la condición para recibir la herencia del Reino es el amor hacia el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el enfermo y el prisionero (Mateo 25). Así como muchas veces las herencias se reparten entre los hermanos al morir los padres, la herencia del Reino se queda entre quienes supieron hacerse prójimos del otro. Los ejemplos de este tipo de amor se cuentan por millones: personas que han vivido los valores del Evangelio hasta sus últimas consecuencias, como la Madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King Jr. o Mahatma Gandhi, por mencionar a tres.

LA FRATERNIDAD – HACERNOS HERMANOS
Para quienes estamos en un contexto lasallista, esto adquiere el tono de un valor que se tiene que convertir en la norma de nuestra vida diaria. En nuestras instituciones educativas, como en muchos otros lugares, llegamos sin conocernos, pero estamos llamados a HACERNOS HERMANOS Y HERMANAS. Podríamos permanecer indiferentes el uno del otro, pero elegimos no serlo; elegimos ser hermanos.

El nombre que San Juan Bautista de La Salle eligió para su congregación expresa esta fraternidad de manera directa para sus seguidores más inmediatos; es decir, para los que en aquellos tiempos, y hoy en día, pertenecen a la congregación religiosa por él fundada: los Hermanos de las Escuelas Cristianas (FSC, por sus siglas en latín).

¿Vivir esta fraternidad es una tarea exclusiva de los religiosos que hoy continúan la obra del Fundador? Sin duda que no. Aunque no pertenezcamos a una congregación de votos, estamos llamados a hacernos hermanos y hermanas. Se trata de una fraternidad que no nace de la sangre, que supera en profundidad la común ciudadanía de los habitantes de este planeta, y que se integra a pleno título en el amor propuesto por el Carpintero de Nazaret. La fraternidad al estilo lasallista se ha extendido para hacer partícipes a cientos de miles de personas de la posibilidad de “hacerse hermanos”, incluso a quienes no tienen la vocación a la vida religiosa.

Las oportunidades para vivir la fraternidad nos llegan cada día. Siempre hay alguien a quien podamos buscar o apoyar para acudir a necesidades específicas. En estos días nos llega de manera clara con la invitación a unirnos a la campaña del Teletón, pero no es sólo la parte económica con la que podemos expresar esta unión.

La vida de San Juan Bautista de La Salle es el ejemplo de alguien que, en el acontecer de su propia historia, supo dejarse guiar por los signos que fueron apareciendo en su camino y que, finalmente, lo llevaron a entregar su vida por los más pobres. Lo hizo primero con su familia de sangre, al asumir la tutoría de sus propios hermanos; lo hizo junto con aquel pequeño grupo inicial de maestros con quienes se consagró de manera radical a la educación de los niños artesanos y pobres; lo propuso a muchos como una manera concreta de vivir el Evangelio y hoy nos sigue provocando a “hacernos hermanos” de los alumnos, a vivir como comunidad educativa nuestro compromiso por la educación.

A la pregunta de Caín: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, la respuesta lasallista es un rotundo sí. Sí eres su guardián, eres su ángel custodio, el hermano que acompaña el caminar del estudiante, del colega, del hijo. Y, al mismo tiempo que eres guía, eres también quien se deja acompañar por los senderos de la existencia para encontrar ahí mismo las oportunidades de vivir el Evangelio: haciéndonos hermanos, viviendo la unidad bajo el signo de la fe y guiados por la estrella que, seguramente, nos llevará a buen puerto.

Gerardo Antonio Diaz Jiménez, Director General de La Salle de Tuxtla

Lo unido permanece

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