¿Qué instrucciones recibimos al iniciar un vuelo? En los momentos iniciales de un viaje en avión, el asistente de vuelo da indicaciones sobre las salidas de emergencia, el cinturón de seguridad y una instrucción que podría parecer extraña en un primer momento. Dice: “Si viaja con un menor o alguien que necesita asistencia, póngase la mascarilla antes de ayudar a otras personas”. Parecería un acto egoísta. Imaginemos, por ejemplo, el caso de una madre y su pequeño. Lo lógico dictaría que la regla sea: “Primero mi niño, primero los débiles y luego yo”. Pero no es así. En el fondo, esta indicación quiere decir: “Si tú no estás bien, no puedes ayudar a los demás”. Si al querer auxiliar a otros te quedas sin oxígeno, al final ni tú ni tu asistido continuarán el viaje con la mascarilla debidamente puesta.
En el aula: El oxígeno del educador
En el ámbito educativo asistimos con frecuencia a situaciones o episodios de gran estrés por “ayudar” al otro. Un docente está expuesto a muchos escenarios en los que renuncia a horas de sueño, momentos con la familia, oportunidades de formación y crecimiento por darle prioridad, en el mejor de los casos, al alumno; a veces, lo que se lleva nuestro tiempo y energías son meros procesos burocráticos y formalidades. La gran mayoría de los protocolos oficiales protegen al alumno y le dan herramientas a los padres para «robarte oxígeno». Deja que los alumnos asuman las consecuencias de su flojera, mediocridad o desidia, a veces a vida nos hace pagar precios altos, y tenemos la tarea de aprender de ahí. Ponte la mascarilla, cuida tu salud, balancea tu tiempo y déjale la perfección a Dios. Vive con una actitud positiva, pero sin pretender resolver los problemas de todos. Cada uno hace su propio camino, tú haz el tuyo y así darás una “contribución ejemplar”; es decir, hablarás con tu propio ejemplo, que a veces es más eficaz que mil palabras. Dedica tiempo a tu propia formación y crecimiento. Regálate el oxígeno de la soledad, el acompañamiento profesional y la cercanía de quienes amas y te aman. A veces, los espejos que nos permiten ver nuestro propio reflejo nos ayudan más que las dagas de la verdad con las que fulminamos al otro.
En el hogar: Responsabilidad compartida
En el ámbito familiar, no pocas veces soportamos relaciones tóxicas por intentar salvar a alguien más, descuidando nuestra propia estabilidad emocional. Así acumulamos un estrés que al final se paga con la salud física y con la pérdida de la paz y la alegría de vivir. Alguien en casa renuncia al sueño, come las sobras, cancela sus planes o arregla el hogar porque nadie más lo hace. Los momentos de confusión y desasosiego roban energías preciosas a la vida. Ponte la mascarilla: distribuyan responsabilidades y programen en la agenda momentos formales de diálogo para organizar visitas familiares, vacaciones o definir el presupuesto. Que cada quien asuma sus responsabilidades y las consecuencias de sus acciones. En momentos de enojo o confusión, la mayor parte de las veces es preferible guardar silencio y dejar la discusión para un momento más oportuno, cuando realmente se pueda hablar, escuchar y ser escuchado.
En la sociedad: Dejar caer las máscaras
A nivel social, en muchas ocasiones vivimos de apariencias porque llevamos máscaras y porque sabemos que nuestras relaciones son superficiales. Vamos de fiesta en fiesta o de evento en evento pretendiendo ser el alma de la reunión, pero corremos el riesgo de ser “tristes payasos” que hacen reír a los demás mientras cargamos con nuestras propias frustraciones, bien maquilladas y escondidas tras risas huecas. Vamos bien emperifollados pero vacíos, como árboles que se han secado y a los que solo les queda la corteza. Ponte la mascarilla: busca lo auténtico y deja fluir las formalidades, aunque tengas que cumplirlas. Un nudo de corbata ligeramente inclinado o unos zapatos de piso en un evento formal van perfectamente bien si los llevas con dignidad; de ninguna manera te definen.
El cuidado de nuestro vehículo
Ponte la mascarilla y recuerda tratar bien a tu cuerpo, que es tu vehículo para estar en este mundo. Dale el descanso, la alimentación y el ejercicio que requiere de acuerdo con tu edad y condición. Vive sereno, aprendiendo de tu propia experiencia. Si hay momentos de “descompresión” en los que sientes que nada sale bien, recuerda que eres tan fuerte como las dificultades que enfrentas, aunque no las superes: estas son tu campo de entrenamiento. Los obstáculos, más que muros o piedras de tropiezo, se pueden convertir en escalones o trampolines para tu vida. Solo asegúrate de seguir las indicaciones del piloto cuando te pide permanecer en tu asiento durante la turbulencia. Nunca te muevas ni tomes decisiones cuando estés confundido o enojado.
Ponte la mascarilla, define tus metas y ve tras ellas. Tienes solo una oportunidad para vivir y vale la pena hacerlo con sentido. Recibe el oxígeno de la satisfacción de lograr lo que quieres cada día, no simplemente aceptando lo que llega por la inercia de la vida, sino viviendo con un propósito.
Si te pones la mascarilla, podrás ayudar a tus alumnos, a tu familia, a la sociedad y, sobre todo, a ti mismo. Si no actúas así, te quedarás sin el oxígeno necesario para los demás y desgastarás tus energías en quien no quiere recibir nada de ti. Ponle la sal necesaria a tu comida, pero no le ofrezcas sal a otros. Recuerda que la sal en la mesa y los consejos se dan solo si alguien los pide.
El mandamiento del Carpintero
¿Egoísmo? Parece que no, pues el mandamiento del Carpintero de Nazaret ya lo contempla: “Ama a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo”. Si te amas, podrás dar amor. Solo no te detengas ahí; recuerda que el verdadero amor se expresa en el dar. Sé original al amar y hazlo con alegría. De hecho, las únicas palabras de Jesús contenidas en la Biblia que no están en los Evangelios dicen: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hech 20, 35). En otras palabras: ponte la mascarilla y luego apoya a los demás. Si ignoras al necesitado que está a tu lado, entonces sí serás egoísta y te privarás del oxígeno del amor correspondido.
Renueva tu deseo de vivir cada día. Deja que la vida inflame tus pulmones para que tu aliento sea una brisa suave y refrescante que anime a los demás a hacer lo mismo. Y entonces sí, con la mascarilla bien puesta, podrás vivir el otro mandamiento de Jesús: “No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). En este caso, notarás que el oxígeno fluye en la mascarilla aunque no la veas inflarse.
Bajo la luz del carisma lasallista
Por ahora, te dejo la tarea de pensar qué significa ponerse la mascarilla en tu entorno concreto: si eres maestro o maestra, padre o madre de familia, o si tienes responsabilidades que cumplir en el hogar o en el trabajo. Qué significa recibir oxígeno en tu vida social. Yo me pregunto hoy, en el contexto lasallista en el que me muevo, qué significa buscar la armonía de mi tiempo y mis energías bajo la luz del ejemplo de San Juan Bautista de La Salle y del carisma lasallista. Él, para descubrir los caminos para vivir sus ideales, se puso la mascarilla del amor y por eso pudo renunciar a sus privilegios. La vida le enseñó que primero debía definir su camino en la escucha de la Voluntad de Dios, y luego pudo indicar el sendero a sus primeros seguidores y al gran grupo de Hermanos que lo han seguido a lo largo de casi 350 años.
A nivel personal, dedica tiempo al silencio, la lectura y a tu formación y crecimiento espiritual. Una medida ideal de tiempo serían unos 20 minutos diarios de oración, meditación o lectura formativa; una o dos horas completas por semana, una jornada por mes y periodos más prolongados de reflexión cuando se tengan que tomar decisiones o por el simple gusto de tomarse unos días de recuperación física, emocional y espiritual.
Disfrutar el trayecto
Continúa tu viaje por la vida disfrutando el panorama. Si te tocó ventanilla, contempla el mundo y platica las maravillas que ves; de cualquier forma, disfruta el viaje con tu compañero de al lado. Ya sea que viajes en primera clase o en clase turista, recuerda que todos llegarán al mismo destino. Confía en el piloto y déjate llevar. Ya pagaste el boleto y vale la pena relajarse durante el trayecto.
Permanece en tu asiento hasta que el avión se haya detenido por completo. Como he dicho antes: ‘esto no se acaba hasta que se acaba’. Moverse a destiempo puede provocar accidentes. Y que al llegar a tu destino sientas que viviste en plenitud, que cada día llegas a un destino diferente aunque vivas en la misma casa y te vistas con el mismo uniforme. La sonrisa de los niños, el sudor de los jóvenes y los diálogos con tus colegas pueden renovarte por dentro más de lo que te imaginas.
Cerca de ti hay una mascarilla, úsala siempre, no solo en caso de emergencia.
